Revista Kafka. Revista de Humanidades.

Por Beatriz de Blas Fernández y Javier Navarro Gálvez

“Miguel fue, por encima de todo, el gran poeta de la vida”

El 30 de octubre se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández. Cuando uno se acerca a la obra de este autor se da cuenta de que vida y obra están íntimamente unidas. Ésta fue la razón que nos llevó hace tiempo a la lectura del ensayo biográfico Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris. De esa lectura surgió el interés por conversar con su autor. Ferris no sólo ha escrito la biografía más completa y documentada de Miguel Hernández. Ha desmontado los tópicos que enturbiaban su figura, acercándose al lector, tocando su fibra y dejando al poeta de Orihuela en el lugar que se merece. Una biografía que hace justicia a una de las voces más interesantes del panorama literario español del siglo XX.

 

Revista Kafka: En primer lugar, ¿por qué es importante que conozcamos la figura de Miguel Hernández?

José Luis Ferris: Porque sin él no quedaría completa la historia de la poesía contemporánea. Su aportación es decisiva en uno de los momentos más críticos y delicados de la historia del siglo XX.

R.K.: ¿Cuáles son los principales obstáculos a los que se ha enfrentado como biógrafo de Miguel Hernández?

J.L.F.: En primer lugar a los tópicos creados acerca de su vida y de su obra. Se instrumentalizó su figura y cada cual, desde su atalaya ideológica, trató de idealizarlo o de encuadrarlo dentro de intereses meramente personales. La primera batalla consistía en rescatarlo de esa hojarasca de falsas leyendas. Luego había que poner orden en la dispersión. Se había hablado mucho de Hernández pero todo estaba disperso aquí y allá, en revistas de mayor o menor calado, en conferencias, en libritos de poco alcance… Apenas quedaban ya testigos de esa época. Conseguir nueva información, nuevos datos, era bastante difícil, pero aún quedaban supervivientes que pudieron aportar una perspectiva fresca y clarificadora, como fue el caso de Ramón Pérez Álvarez.

R.K.: Imaginamos que alguna de las informaciones recopiladas han tenido que quedar fuera, inevitablemente. ¿Ha callado o silenciado algo por alguna razón?

J.L.F.: Lo único que he preferido dejar fuera de mi estudio y de la publicación han sido las interpretaciones personales y también toda aquella información encontrada en el camino acerca de ciertos personajes vinculados a la vida del poeta que no aportaban nada a la biografía. Hay aspectos biográficos, datos, de personas cercanas al poeta que ensombrecen el perfil de éstos, que los hundiría en la miseria, pero los he dejado fuera por elegancia y porque, como digo, no aportan directamente nada a la biografía de Hernández.

R.K.: En alguna ocasión ha dicho que hay anécdotas de Miguel que no ha incluido en su biografía por no ser consideradas relevantes. ¿Podría compartir con nosotros alguna de ellas?

J.L.F.: No son tanto las anécdotas que Miguel protagonizó en su vida como las que proliferaron después de su muerte. Me refiero a hechos que tienen que ver con quienes trataron de aprovecharse de su recuerdo, de su imagen o de su silencio. Ahí sí que hay otro libro por escribir.

R.K.: ¿Qué le llevó a convertirse en biógrafo de Miguel Hernández?

J.L.F.: No hubo una voluntad personal. Mi primer contacto con la obra de Miguel Hernández se remite a la adolescencia. Fue a mediados de los 70 cuando comencé a leer sus poemas. Claro que, como la mayoría, sólo tuve conocimiento de una parte de su poesía, la que nos llegó a través de Serrat y de los amigos y profesores que acababan de descubrir el “fondo” revolucionario de Miguel. Nunca dejé de leerle, pero lo hice de un modo exhaustivo hace once años, cuando la editorial Espasa-Calpe me encargó una edición crítica (introducción, estudio, análisis didáctico) de su obra, una extensa antología para la colección Austral. Luego vendría una novela en la que recree la figura de Hernández dentro de un juego de ficciones: El amor y la nada. Lo más ambicioso fue, sin duda, la biografía que me propusieron escribir para la editorial Temas de hoy. Me encargaron una biografía sólida, sin límite de extensión, sobre el poeta. Me comentó mi editora que hacía muchos años que no había una obra de este género en el mercado. Era difícil encontrar un libro al respecto en cualquier librería. Lo más cercano era el estudio de Agustín Sánchez Vida, de 1992. Había mucho que contar, mucho que compilar y muchas parcelas de la vida del poeta por aclarar. También, como he dicho antes, tocaba intentar lo más difícil: deshacer los tópicos falsos y derribar las leyendas.

R.K.: Ian Gibson, en una ocasión, afirmó que las biografías son la “gran laguna” de España…

J.L.F.: Lo he hablado varias veces con él. No hay en España tradición de biografías, tampoco se han prodigados los buenos biógrafos. Esa tarea ha sido labor casi exclusiva de los historiadores y a éstos, a los historiadores y eruditos, sólo les ha importado analizar al personaje desde un único punto: el de la investigación fría y dura, no desde la ecuanimidad, desde el respeto al lector y desde el amor a la forma, al lenguaje con el que había que servir esa visión histórica. Precisamente mi labor ha consistido en desmitificar ese tipo de ensayos farragosos que sólo servían de autolucimiento y que tanto han distanciado al lector de los grandes personajes de la historia y de la vida.

R.K.: Vayamos a las relaciones que mantuvo Hernández con otros escritores coetáneos. ¿Qué ocurrió para que Federico García Lorca se enemistara con Miguel Hernández?

J.L.F.: No se puede hablar de enemistad y conviene hacer matices. Miguel sufrió el desprecio de personas a las que él admiraba de verdad. Lorca, por ejemplo, le tenía auténtica alergia; una alergia declarada de la que han dado testimonios bastantes compañeros de la época ¿Qué hacía un poeta rústico como él entre aquel florilegio de líricos exquisitos y burgueses? Les ofendía su aspecto y su ambición. Además, la personalidad de Miguel, sin pretenderlo éste, restó protagonismo a Lorca en más de una ocasión, sobre todo en las fiestas literarias en las que el poeta andaluz siempre tenía que ser el centro de atención.

R.K.: A pesar del comportamiento que manifestó Lorca hacia Miguel Hernández, éste no se lo tuvo en cuenta. Tanto es así que llega a dedicarle una bellísima elegía. ¿Podría ser éste un ejemplo de la humanidad y generosidad de Hernández?

J.L.F.: Es así. Miguel sufrió el desdén y el desprecio de Lorca y, sin embargo, el poeta de Orihuela le pagó con una estremecedora elegía al conocer su muerte. Generosidad a cambio de desprecio. Toda una lección. Luego actuó el destino. Lorca fue fusilado sin más; nadie puso a prueba su firmeza ideológica. Murió al meterse en la boca del lobo, en su propio pueblo. Miguel regresó a Orihuela por distintas razones y tuvo que dar cuentas a sus carceleros de su gran coherencia. Una coherencia que le costó la vida.

R.K.: Para Miguel Hernández, la muerte de su gran amigo Ramón Sijé fue, junto a la muerte de su primer hijo, el golpe más duro de su vida. Como consecuencia escribió, para algunos, la elegía más conmovedora y sentida de la poesía española. ¿Qué opinión le merece, comparándola con la elegía que Jorge Manrique le escribe a su padre o la que el mismo García Lorca escribió al torero Ignacio Sánchez Mejías?

J.L.F.: Creo que la Elegía a Ramón Sijé es uno de los mayores monumentos literarios de nuestras letras y, quizá, la composición funeraria más honda y perfecta de la lírica castellana. Comparar esta pieza con la obra de Manrique o con la de Lorca es difícil, pero habrá quien prefiera la de Hernández por su lenguaje cercano y, a la vez, de una audacia compositiva, metafórica, de muchísima altura.

R.K.: ¿Podemos afirmar que Josefina Manresa fue el gran amor de Miguel Hernández?

J.L.F.: Quien diga que Josefina Manresa no fue la mujer absoluta, la amada total de Miguel, está cometiendo una infamia o una insensatez. Josefina ocupa de modo amplio y prioritario su vida afectiva, y de ello dan cuanta la mayor parte de sus poemas y el extenso epistolario que se recoge en las Obras Completas. Ello no impide aceptar que hubo otras mujeres en su vida, desde el primer amor adolescente que encarna Carmen Samper Reig, a quien conoció en el ambiente de la tahona de Carlos Fenoll y a quien dedicó algunas prosas y varios poemas, a María Zambrano, María Cegarra y, sobre todo, Maruja Mallo, con quien compartió profundas experiencias artísticas y vitales entre mayo y octubre de 1935.

Josfina fue la “novia oficial” y, tras un tiempo de crisis, la que regresaría a él y la que se acabó convirtiendo en esposa y madre de sus hijos. Desde 1936 y hasta la muerte del poeta en 1942, ella es la destinataria de sus afectos. Otro asunto es la intensidad y la consumación de esa vida amorosa que tuvo que limitarse a contados encuentros en medio de una guerra y en la penosa reclusión de las cárceles. No tuvieron tiempo de disfrutarse, de convivir, de compartir la vida que ambos se prometieron en 1937, tras contraer matrimonio.

La relación entre Miguel y Josefina es, por tanto, una aventura malograda por la muerte del poeta en una cárcel. Iniciaron un noviazgo en 1934 con bastantes reparos, ya que Josefina tenía unos principios católicos y morales muy asumidos que no permitieron que la relación fuera más allá de paseos puritanos e inocentes caricias. Cuando Hernández se instala en Madrid en 1935 y se rodea de nuevas amistades y de un ambiente de libertad, sin atavismos religiosos, se distancia de Josefina y rompen el compromiso. Es en ese tiempo cuando conoce a la pintora Maruja Mallo (decisiva para entender los poemas de su libro El rayo que no cesa) y cuando recupera la relación con una vieja amiga, la poeta María Cegarra. Miguel acabó, como digo, regresando a Josefina, con la que se casa en 1937. Pero lo cierto es que nunca convivieron. Primero la guerra y, después, las cárceles, impidieron esa vida compartida y cotidiana que pone a prueba la fortaleza de un amor.

R.K.: Un profesor de la Universidad de Salamanca, en una de sus clases de literatura, explicaba ciertos favores (sexuales) que tuvo que hacer Josefina Manresa para que acercaran a Miguel a la cárcel de Alicante, cuando ya estaba enfermo. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

J.L.F.: Es la primera vez que oigo una barbaridad semejante. Por esas fechas, Josefina era madre de un niño (su segundo hijo), y actitudes de ese tipo resultan inconcebibles en alguien como ella. Es tan disparatado como imaginar a Teresa de Calcuta desfilando por la Pasarela Cibeles con un modelito de Ágata Ruiz de la Prada.

R.K.: ¿Qué papel han jugado Vicente Aleixandre, Pablo Neruda y José María de Cossío en la vida de Miguel Hernández?

J.L.F.: Un papel determinante. Conviene recordar los orígenes ideológicos de Miguel. La religiosidad y el beaterío estaban en el ambienten el que creció. El beaterío era para Hernández tan consustancial como la exuberante naturaleza que le rodeaba. Pero de ello no se da cuenta hasta que se traslada a Madrid y descubre que el mundo se regía por leyes menos represoras. Hasta que encuentra ese punto de referencia, en 1935, Miguel fue un beato inconsciente. Luego, de la mano de Neruda y de Aleixandre le vendrá esa nueva visión del mundo, el descubrimiento del papel comprometido del escritor y, finalmente, su conciencia ideológica. Cossío le enseñó el valor de una amistad verdadera, le proporcionó un trabajo y, llegado el momento, intervino decisivamente para que, tras un juicio sumarísimo, no se le aplicara la pena de muerte.

R.K.: Una de las anécdotas más comentadas fue la que ocurrió en Madrid, concretamente en la sede de la Alianza de de Intelectuales. ¿Por qué Mª Teresa León, mujer de Rafael Alberti, le pegó un puñetazo a Miguel Hernández?

J.L.F.: Con Alberti y M.ª Teresa León las relaciones no fueron fáciles durante la guerra. Se enfrentaron por razones políticas, pero, además, Miguel arrebató al gaditano, sin proponérselo, la etiqueta de poeta del pueblo. No hay que olvidar que Hernández se enroló en las filas del ejército republicano para hacer poesía desde la primera línea de fuego, a pie de guerra. Los intelectuales más significados pasaron la contienda en el lujoso palacio de los marqueses de Heredia-Spínola. No podían cantar la experiencia bélica con el mismo lenguaje y ello provocó un agrio enfrentamiento entre Miguel Hernández y Rafael Alberti. En concreto y a punto de finalizar la guerra civil, Hernández se pasó por la sede de la Alianza para informarse sobre la situación. Lo que allí se encontró fue una fiesta organizada en homenaje a la mujer antifascista.

Mucho era lo que el poeta de Orihuela había callado durante esos tres años de guerra, durante aquellas noches en que llegaba abatido del frente, agotado de tanto espectáculo sangriento, y trataba de dormir algunas horas con la música de fondo de aquellos bailes de disfraces y aquellas travesuras y algarazas con las que sus compañeros libraban su batalla contra la muerte. Las comentadas diferencias tenían que aflorar por algún lado y, en aquella ocasión, la fiesta a la mujer antifascista fue motivo suficiente para que Miguel no siguiera silenciando las evidentes desavenencias entre el poeta del pueblo y los intelectuales de mono planchado y pistolas de juguete. El caso es que Hernández irrumpió en el edificio de la Alianza y, tras descubrir el ambiente festivo que se respiraba en aquellos salones, los preparativos, los manteles, el supuesto lujo, y los alimentos dispuestos en las mesas, no pudo ocultar su indignación ante aquel derroche y aquel alarde de resabio burgués mientras él y otros combatientes seguían jugándose el tipo en las trincheras. No había, además, en aquel palacio mujer antifascista que se pareciera a las campesinas que había visto en los pueblos y en los frentes luchando como hombres, ninguna que le recordara a Rosario Sánchez, la Dinamitera, ni tan siquiera a esas madres, hermanas o esposas que enterraban a diario a hijos, padres, hermanos y compañeros. Miguel se dirigió entonces visiblemente irritado a Rafael Alberti con Antonio Aparicio como testigo y le espetó con la frase: “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”. El autor de Sobre los ángeles le respondió en términos algo menos ofensivos, instándole a repetir esas palabras en voz alta y delante de los otros compañeros de la Alianza de Intelectuales. Ante el reto, el poeta oriolano se dirigió entonces hacia una pizarra que colgaba de una de las paredes de aquella dependencia y reprodujo la frase con amplios caracteres. Antes de que Miguel abandonara definitivamente el recinto, María Teresa León vio y leyó con sus propios ojos el insulto, se sintió directamente aludida, pues ella se había encargado personalmente de organizar aquella fiesta, y se fue en busca de Miguel. La respuesta de la autora de Memoria de la melancolía fue una enérgica bofetada que, al parecer, hizo caer al poeta. Ni que decir tiene que, desde aquel momento, Alberti y Hernández rompieron la amistad y no volvieron a dirigirse la palabra hasta que, unos días después, forzados por las circunstancias, se encontraron de nuevo en Madrid, poco antes de la salida de varios líderes comunistas hacia la población alicantina de Elda.

R.K.: Continuando con las anécdotas, es curioso como Miguel Hernández es el primer autor que publica un libro póstumo en vida, el primer libro, por cierto, que publica en el extranjero. ¿Podría explicarnos esta anécdota?

J.L.F.: Fue todo producto de un falso rumor. Los intelectuales españoles exiliados en Cuba creyeron que Miguel había muerto tras su primera detención en mayo de 1939. Sin razón aparente, llegó a correr la voz de que Hernández había sido fusilado en Madrid el 20 de julio de 1939. La noticia causó verdadera conmoción entre quienes le conocían y pronto se organizó un homenaje en su memoria y se editó un libro «póstumo» que reproducía un buen número de sus poemas. Fue el 6 de agosto de 1939 cuando apareció publicado en la revista Carteles un texto firmado por Alejo Carpentier con el título de La muerte de Miguel Hernández.  La iniciativa de homenajear al oriolano con la edición de un libro pudo ser de Manuel Altolaguirre, que había llegado accidentalmente a La Habana junto a su esposa, Concha Méndez, y su hija, prolongando su estancia en la isla durante cuatro años. Lo cierto es que el libro titulado Sino sangriento y otros poemas de Miguel Hernández salió del pequeño taller tipográfico que los Altolaguirre instalaron en la ciudad cubana, imprenta La Verónica, con el sello de la colección El Ciervo Herido, y fue editado el 30 de agosto de 1939. En rigor, como bien dices, se trata de la primera obra de Miguel publicada en el extranjero, en el exilio español, y en vida del poeta, ya que Hernández, mientras tanto, seguía vivo en la cárcel madrileña de Torrijos.

R.K.: Se ha visto a Miguel Hernández como “símbolo de la izquierda”, como poeta del pueblo. Es posible que, gracias a la creación de ese símbolo, se acabara con el silencio que había sufrido durante años. Pero, por otro lado, eso ha impedido o, tal vez, condicionado que ocupase como poeta el lugar que se merece dentro de las letras españolas. ¿Qué piensa al respecto?

J.L.F.: A eso me refería al principio, a la instrumentalización del poeta. Es lo que hicieron con su poesía en los años 70, cuando se reivindicó al poeta beligerante, al de los versos que escribió durante la guerra; ignorando casi deliberadamente el resto de su produción. Fue un modo de sesgar su obra, de instrumentalizarla con un fin esencialmente político. También durante los años de dictadura hubo “defensores” de Miguel que hicieron lo mismo pero reivindicando su etapa religiosa, sus versos y su teatro de carácter sacro, llegando incluso a ocultar su otra poesía o a calificar sus últimos libros como un producto desdeñable, fruto de un hombre “engañado” que se dejó llevar por las circunstancias.

R.K.: En Miguel Hernández hay que destacar su tesón y su lucha por convertirse en poeta, venciendo sus orígenes. Esto no lo supieron ver sus coetáneos (Lorca, Cernuda, Alberti), ni tampoco las generaciones posteriores ¿Cree que hemos empezado a quitarnos esa venda?

J.L.F.: Gracias a las aportaciones que se han hecho en los últimos años, a los trabajos que tratan de colocar al poeta donde se merece, sabemos ya muchas cosas esenciales de él. Sabemos que los orígenes de Miguel son humildes, que no pobres. No tuvo la preparación ni los medios de que gozaron los intelectuales con los que se codeó en Madrid, pero él supo superar perfectamente esa carencia. Iba con su carácter, con su temperamento, el enorme afán de superación que le define, y eso se ve en su enorme amor a la literatura. Miguel creía en él, en sus posibilidades, y no cejó jamás en el empeño de hacerse oír a pesar de los obstáculos que le pusieron en vida unos y otros. Era obstinado y tenía talento. Eso le bastó para llegar a donde llegó.

Pues bien, parece que este año del centenario, después de mucho insistir, después de cientos de conferencias y de nuevas publicaciones, ya se van aceptando estas ideas que tanto costaba entender.

R.K.: Usted ha dicho que nunca antes en la historia de la literatura se había dado “una coherencia tan absoluta entre vida y obra”. ¿Es esa misma coherencia que manifestó siempre ideológicamente la que le llevó a la muerte? ¿La misma que impidió que se salvara?

J.L.F.: He dicho muchas veces que no quisiera encontrarme nunca ante dilemas como los que Miguel sufrió. Mantener su dignidad, su integridad ideológica, su firmeza moral, entraba en directa oposición con salvar su vida y con la posibilidad directa de salir de prisión y de estar junto a su mujer y su hijo. Lo que, por un lado, le pedía su pensamiento y su conciencia, por otro se lo negaba su corazón. Creo que eso minó sobremanera su salud, debilitó su cuerpo, y esa debilidad fue la que aprovechó especialmente el canónigo Almarcha para rematar al poeta. Creo que hablar más de este asunto es ya redundante. Las pruebas están ahí, en los testimonios de quienes vivieron de cerca el calvario de Miguel, de quienes vieron al vicario entrar y salir de la prisión, de quienes confirmaron el acoso que el poeta sufrió.

R.K.: “Él se lo ha buscado”, ¿qué opinión le merecen estas palabras que pronunció su padre al enterarse de la muerte de Miguel? ¿Son el reflejo de la incomprensión y el clima de autoridad que vivió el poeta en su familia, su pueblo de Orihuela y esa España de guerra?

J.L.F.: Es, en efecto, el reflejo de lo que vivió y padeció el poeta antes y después de su muerte. En este mundo, creer fielmente en algo, defender la integridad y la coherencia hasta el final, no está bien visto. Paradójicamente, no se considera humano tener principios de este tipo, ya que lo común, lo consustancial al hombre, es ceder a las tentaciones, a la debilidad, apartarse de todo idealismo, ser práctico y venderse, siempre que la ocasión lo requiera, al mejor postor. Miguel Hernández, en este sentido, era un ejemplo que no convenía airear.

R.K.: Como lector, estudioso y biógrafo de este autor, le han tenido que asaltar numerosas cuestiones. ¿Cuál es, si la hay, la mayor duda que le ha quedado sin resolver?

J.L.F.: Siempre hay aspectos de la vida de alguien a quien estudiamos en profundidad que no quedan muy claros. Nos faltan datos, testimonios, pruebas que confirmen lo que muchas veces es mera intuición. Me gustaría haber podido leer el largo centenar de cartas que Josefina escribió a Miguel durante la guerra y en los años de cárcel, pero no se conserva ninguna. Creo que alguien aconsejó a la mujer del poeta que las quemara para que no se conociera esa otra cara de la relación. Me hubiera gustado conocer los proyectos que el poeta se llevó con su vida. En fin, hay cosas que por mucho que investiguemos nunca se podrán saber.

R.K.: Este verano, en uno de los cursos celebrado en la UCM de El Escorial, Miguel Hernández: cien años de poesía, comentó que había recibido alguna amenaza al publicar la biografía de Miguel Hernández…

J.L.F.: Eso ocurrió hace ocho años. Se anunció en los medios la inminente aparición de mi libro sobre Miguel Hernández y hubo alguna filtración acerca de su contenido. Ciertos sectores de la Iglesia cercanos a la figura de Luis Almarcha creyeron que mi libro iba a perjudicar seriamente la imagen de obispo y me hicieron llegar, por diversos medios, “advertencias” a tener en cuenta si la obra se publicaba. Cuando el libro salió a la luz tuve que soportar artículos difamatorios y amenazas que, por suerte, se quedaron en eso, en amenazas y pataleos que se fueron apagando ante la evidencia de lo que aportaba en mis investigaciones.

R.K.: Y para terminar, ¿cuál es el mejor homenaje que se le puede hacer a Miguel Hernández en este año de su centenario?

J.L.F.: Leer su obra. No hay otra respuesta. Hay algo de lo que no cabe duda: la obra de Miguel sigue viva. Su poesía tiene una vigencia estremecedora. Como escribí hace poco en una biografía dirigida a los más pequeños, “Miguel fue, por encima de todo, el gran poeta de la vida. Las palabras que escribía en un papel, los versos que ponía en su cuaderno, salían de su cabeza, es cierto, pero sobre todo brotaban de su alma. Su poesía era tan verdadera que, 100 años después de que el poeta viniera al mundo, aún atrae a los lectores de cualquier edad, de cualquier color, de cualquier familia y de cualquier país. Miguel Hernández se marchó hace muchos años, pero gracias a ti, a lectores como tú, su voz se escucha, nueva y limpia, cada día”.

 

 

10 de octubre de 2010

 

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