—Los rusos —puntualizó Dowling— enviaban prisioneros a Siberia mucho antes que el viaje espacial fuera algo cotidiano. Los franceses usaban la Isla del Diablo con ese propósito. Los ingleses los despachaban a Australia.
Estudió el tablero y detuvo la mano a unos centímetros del alfil.
Parkinson, al otro lado del tablero, observaba distraídamente las piezas. El ajedrez era el juego profesional de los programadores de computadoras, pero, dadas las circunstancias, no sentía entusiasmo. Estaba molesto. Y Dowling tendría que haberse sentido peor, pues él programaba el alegato del fiscal.

El programador solía contagiarse de algunas características que se atribuían a las computadoras, como la carencia de emociones y la impermeabilidad a todo lo que no fuera lógico. Dowling lo reflejaba en su meticuloso corte de cabello y en la pulcra elegancia de su atuendo.
Parkinson, que prefería preparar la defensa de los casos legales en que participaba, también prefería descuidar deliberadamente aspectos de su apariencia.
—Quieres decir que el exilio es un castigo tradicional y que, por lo tanto, no es particularmente cruel —comentó.
—No, sin duda es cruel, pero también tradicionalmente, en la actualidad, se ha convertido en la disuasión perfecta.
Dowling movió el alfil sin levantar la vista. Parkinson sí la levantó, aunque involuntariamente.
No vio nada, desde luego. Estaban en el interior, en el cómodo mundo moderno adaptado a las necesidades humanas y protegido contra la intemperie. Fuera, la noche resplandecería con la luz del astro.
¿Cuándo la había visto por última vez? Hacía mucho tiempo. Se preguntó en qué fase se encontraría. ¿Llena? ¿Menguante? ¿Creciente? ¿Era una brillante uña de luz en el cielo?
Debía ser una vista adorable. Lo fue en otros tiempos. Pero hacía siglos de eso, antes que el viaje espacial fuera común y barato y antes que el entorno se volviera tan refinado y estuviese tan controlado. Ahora, esa bonita vista en el cielo era una nueva y horrenda Isla del Diablo pendiendo en el espacio.
Nadie se atrevía a llamarla por su nombre. Ni siquiera era un nombre, sólo una silenciosa mirada hacia el cielo.
—Podías haberme dejado programar el alegato contra el exilio en general —dijo Parkinson.
—¿Por qué? No habría alterado el resultado.
—Éste no, Dowling. Pero podría influir en casos futuros. Los castigos futuros se hubiesen conmutado por sentencia de muerte.
—¿Para un culpable de destruir el equipo? Estás soñando.
—Fue un acto de furia ciega. Hubo intento de dañar a un ser humano, de acuerdo, pero no se intentó dañar el equipo.
—Nada, eso no significa nada. La falta de intención no es excusa en estos casos, y lo sabes.
—Debería ser una excusa. Eso era precisamente lo que yo deseaba alegar.
Parkinson adelantó un peón para proteger el caballo.
Dowling reflexionó.
—Tratas de continuar atacando a la reina, Parkinson, y no te lo permitiré… Veamos… —Y mientras meditaba, dijo—: No estamos en los tiempos primitivos, Parkinson. Vivimos en un mundo superpoblado, sin margen para el error. Bastaría con que se fundiera un consistor para poner en peligro a una considerable franja de la población. Cuando la ira pone en peligro toda una línea energética, es algo serio.
—No cuestiono eso…
—Parecías cuestionarlo cuando elaborabas el programa de la defensa.
—No. Mira, cuando el haz de láser de Jenkins atravesó la distorsión de campo, yo mismo estuve expuesto a la muerte. Una demora mayor a un cuarto de hora habría significado el fin para mí también, y lo sé perfectamente. Sólo sostengo que el exilio no es el castigo apropiado.
Tamborileó sobre el tablero para mayor énfasis, y Dowling sujetó la reina antes que se cayera.
—Estoy sujetándola, no moviéndola —murmuró. Recorrió con la vista una pieza tras otra. Seguía dudando—. Te equivocas, Parkinson. Es el castigo apropiado porque no hay nada peor y se corresponde con el peor delito. Mira, todos dependemos por completo de una tecnología compleja y frágil. Una avería podría matarnos a todos y no importa si la avería es deliberada, accidental u obra de la incompetencia. Los seres humanos exigen la pena máxima para cualquier acto así, pues es el único modo de obtener seguridad. La simple muerte no es lo suficientemente disuasoria.
—Sí que lo es. Nadie quiere morir.
—Y nadie quiere vivir allá en el exilio. Por eso hemos tenido un solo caso en los últimos diez años y únicamente un exiliado. ¡Vaya, a ver cómo te las arreglas ahora!
Movió la torre de la reina una casilla a la derecha.
Se encendió una luz. Parkinson se puso de pie.
—La programación ha terminado. La computadora ya tendrá el veredicto.
Dowling levantó la vista con una expresión flemática.
—No tienes dudas sobre el veredicto, ¿eh? Deja el tablero como está. Seguiremos después.
Parkinson estaba seguro que no tendría ánimos para continuar la partida. Echó a andar por el corredor hacia el juzgado, con su paso ágil de costumbre.
En cuanto entraron Dowling y él, el juez se sentó y luego entró Jenkins, flanqueado por dos guardias.
Jenkins estaba demacrado, pero impasible. Desde que sufrió aquel ataque de furia y, por accidente, dejó todo un sector sumido en la oscuridad mientras atacaba a un compañero, debía conocer la inevitable consecuencia de su imperdonable delito. No hacerse ilusiones sirve de ayuda. Parkinson no estaba impasible. No se atrevía a mirar a Jenkins a la cara. No podría haberlo hecho sin preguntarse, dolorosamente, qué pensaría Jenkins en ese momento. ¿Acaso absorbía con cada uno de sus sentidos todas las perfecciones de aquel confort antes de ser arrojado para siempre al luminoso infierno que surcaba el cielo nocturno? ¿Saboreaba aquel aire limpio y agradable, las luces tenues, la temperatura estable, el agua pura, el entorno seguro diseñado para acunar a la humanidad en un dócil confort?
Mientras que allá arriba…
El juez pulsó un botón y la decisión de la computadora se convirtió en el sonido cálido y sobrio de una voz humana normalizada.
—La evaluación de toda la información pertinente, a la luz de la ley de la nación y de todos los precedentes relevantes, lleva a la conclusión que Anthony Jenkins es culpable del delito de destruir el equipo y queda sometido a la pena máxima.
Sólo había seis personas en el tribunal, pero toda la población lo escuchó por televisión.
El juez empleó la fraseología de costumbre:
—El acusado será trasladado al puerto espacial más cercano y, en el primer medio de transporte disponible, será expulsado de este mundo y vivirá exiliado mientras dure su vida natural.
Jenkins pareció encogerse, pero no dijo una palabra.
Parkinson se estremeció. ¿Cuántos lamentarían la enormidad de semejante castigo, fuera cual fuese el delito? ¿Cuánto tiempo pasaría para que los hombres tuvieran la humanidad de eliminar para siempre el castigo del exilio?
¿Alguien podría imaginar a Jenkins en el espacio sin sentir un escalofrío? ¿Podían pensar en un congénere arrojado para toda la vida en medio de la población extraña, hostil y perversa de un mundo insoportablemente caluroso de día y helado de noche, un mundo donde el cielo era de un azul penetrante y el suelo de un verde más penetrante e intenso aún, donde el aire polvoriento se arremolinaba tumultuoso y el viscoso mar se levantaba eternamente?
Y la gravedad; ese pesado, pesado, eterno ¡tirón!
¿Quién podía soportar el horror de condenar a alguien, cualquiera que fuese la razón, a abandonar el acogedor hogar de la Luna para ir a ese infierno que flotaba en el cielo: la Tierra?
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