El sueño

Por Antonio Gala

No, no era un sueño. Sin embargo, ¿qué otro cosa podría ser si no? Vio, con los ojos cerrados, bajo una luz de mediodía, pero mate y como pintada por Carpaccio, su propio jardín. Los jacarandás, los mioporos y las sifleras de hojas charoladas, el grupo de cipreses, los laureles oscuros, los arriates bordeados de mirtos con las plantas no muy sobresalientes dentro: agapantos, lirios, lantanas, jazmines, damas de noche, heliotropos, manzanos japoneses… Al fondo, el cenador cubierto con ramos de glicina. Le llamaba, sobre todo, la atención aquel resplandor irreal y la inmovilidad absoluta del aire, de las ramas, de la pasmada luz también. Y la inexistencia de olor alguno… Sintió una moderada inquietud. La suficiente para que dejara de contemplar el jardín: idéntico al suyo, pero como de porcelana sumergida en los verdes de un acuario. Sin embargo, antes le dio tiempo a descubrir a su amante, en un banco, sentada. No había error posible. La acariciaba otro hombre. Una mano le estrujó el corazón.

Abrumado, abrió los ojos dentro del sueño. No, no despertó. Siguió soñando, pero le pareció que había abierto los ojos. Antes del falso despertar, desaparecido el jardín evanescente, a la manera de una ilógica continuación, soñó todavía con un complicado tejido que formaban los días de la semana. Imbricados unos en otros, producían efectos benéficos o maléficos, según su inclinación, en una serie de acontecimientos confusos que él, sin embargo, comprendía. Comprendía y se asombraba a la vez de que le resultase sencillo comprenderlos.

Después de un fundido en negro, apareció una alta torre de ceniza, sobre la que una lluvia cálida depositaba gotas brillantes que reflejaban la luz vaga, gris e interior que, lo mismo que un fanal, resguardaba la torre. También entendió él el sentido de la torre y de la lluvia… Fue entonces cuando se desmoronó el montón de ceniza sobre su propio cuerpo. Fue entonces cuando volvió a abrir, sin despertar, los ojos.

Vio la oscuridad del dormitorio. No era uniforme. Se hacía más densa en lo que adivinaba que era la puerta de estudio frente a la cama, la del cuarto de baño y la del vestidor. También se espesaba la oscuridad en los cuadros. Tras las cortinas de la gran ventana, cuatro líneas más claras, casi azules, delimitaban, a su derecha, una superficie rectangular que le resultó, sin saber por qué, especialmente amable. Aún sentía en el pecho la opresión de la mano y de las ruinas de la torre, ahora olvidadas ya. La saliva se le había cuajado en la boca.

La puerta del estudio se abrió, o se entreabrió, en silencio. Supo que alguien, desde allí, lo observaba. Presintió un peligro. Desorbitó los ojos, o soñó que los desorbitaba, como si eso le permitiera ver en qué consistía tal peligro. Intuyó que un rostro, envuelto en la negrura, retrocedía, mientras un brazo se introdujo en el dormitorio. Algo destaca sin brillo en su extremo. “Una pistola”, se dijo. Supo que iba a ser disparada… Lo fue. Vio el fogonazo. Sintió un dolor muy concreto y agudo. No oyó ningún disparo, pero sintió el dolor. Quiso despertar y no le fue posible. Giró la cabeza y, sin cerrar los ojos, retornó al sueño. Inquieto, ignorando el porqué, cerró por fin los párpados dentro de él. Vio entonces la luz real y vibrante de un veloz amanecer…

A la mañana siguiente se lo encontraron muerto. Diagnosticaron un infarto de miocardio. “No sufrió. No sintió nada”, aseguró el doctor. “No se enteró de nada.”

Publicado en on Septiembre 10, 2008 at 1:32 pm Comentarios (1)
Tags: , , ,

El URI para hacer TrackBack a esta entrada es: http://mejormelopienso.wordpress.com/2008/09/10/el-sueno/trackback/

Canal RSS de los comentarios de la entrada.

Un Comentario Leave a comment.

  1. Osgiliath, de sueño en sueño de piedra me he quedado.

    Me ha gustado el cuento, bueno es que también me gusta Antonio Gala.

    Un abrazo


Leave a Comment