Era un niño que soñaba (Antonio Machado)

Era un niño que soñaba

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.

Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!

Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
y el caballito soñado
y el caballo de verdad.

Y cuando le vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Publicado en  on Diciembre 15, 2009 at 7:28 pm Dejar un comentario
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Microrrelatos XIII

Dos microrrelatos más para este puente. Los dos de José Viñals.

IV

Desde los peñascales, contemplando las suaves maneras de las colinas y las techumbres de las viviendas campestres; viendo la declinación del sol y el surgimiento de las primeras estrellas; tirado en el pasto y leyendo a Tonino Guerra. Tú junto a mí en un delicado silencio. No es hora ya de pensar en el porvenir. No hay porvenir.
Desde los años de inocencia y no precisamente felices. En la orfandad, en la tristeza, bajo los lutos pesados de la madre y la abuela. En la casa de duros cimientos a la sombra del muerto entrañable. Recordando a Carlos Lesca llamado El Gallo. Restaurando las horas resquebrajadas. Mirando el hosco cielo y el desaliento de los pájaros silvestres. Alejándome paso a paso de la vida.
Oh, tú, compañera, léeme las señales de la frente, las oscuras, las que no tienen ya regreso y no es posible borrar de ningún modo. Léeme estas horas calladas sin espanto. Léeme todavía las huellas dulces de la sed de vivir.
…..
VII
El caballito ciego y sus tropiezos bajando el monte. El caracol dorado de la lluvia de otoño. La lluvia dorada. El viento norte y su señorío en las cumbres. El postigo del ventanuco que se golpea. El abuelo en su lecho de muerte. La congoja de la abuela. El paisaje cruento del silencio. La tarde inmemorial.
El jilguero atrapado en las zarzas con su pata rota. La oveja solitaria. El flaco campesino con su sombrero negro y su navaja española. La mujer inmóvil que piensa.
El carruaje pintado de verde con sus pulidas llantas de hierro. El breve sembrado de girasoles. El sol invisible tras las nubes grises. El recuerdo de Cezanne.
El ataúd de cedro rojo. El espejo inútil suspendido de un clavo. El peine amarillento. El luto. El mensajito de las monjas descalzas. El campesino que se ha quitado el sombrero. La mujer que no deja de pensar. ¿En qué piensa?
El ladrido de los perros de la casa (uno cojo de fauces amarronadas y ojos tristes). La visita tardía de Juan Larrea con su camisa blanca sin cuello. El joven poeta contando las sílabas de un verso nuevo sobre los estragos de la muerte y soñando con Rilke. La lluvia.
La mosca ahogada en el vaso de aceite. El plato de hierro con los restos de comida. El pan y el vino. La gallina bataraza picoteando las migas bajo la mesa de la cocina. La lámpara temprana. La mujer que piensa sentada en una banca y quizá llorando. O no llorando, buscando la flor antigua del mundo, rememorando a San Juan de la Cruz.
El puentecillo de piedra por el que llevaron el ataúd. El niño sentado en el pretil, chorreando por la lluvia. El caracol dorado de la lluvia de otoño.
El horizonte naranja y la noche inminente. Las estrellas también invisibles a punto de brotar. La abuela en zapatillas escocesas llorisqueando por los rincones. El jilguerito que ha muerto en las zarzas. Todo, la vida es muerte. Y vida. La mujer piensa.
Publicado en  on Diciembre 5, 2009 at 12:23 pm Comentarios (1)
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A un chupasangres ansioso

He aquí la segunda entrega de un soneto de Madame Blavastky. ¡Qué lo disfrutéis!

A un chupasangres ansioso

Exangüe, debilitada y lánguida:

Así estoy, como una enferma de amor,

Dilapidas mi energía con dolor,

Me bebes y me mermas, estoy pálida.

 

Delicada estoy, como una crisálida

Desde que soy, señor, tu abrevador,

Líbrame del tormento agotador,

Pues no deseo estar tan escuálida.

 

Mi sangre hirviendo está de leucocitos,

Se ha vuelto ya y a todas luces, blanca,

Aquejada me dejan tus apetitos.

 

Finalmente, vampiro, seré franca:

Mi hemograma no muestra fagocitos,

Postrarme has, en la cama y en la hoyanca.

Publicado en  on Noviembre 29, 2009 at 9:06 pm Dejar un comentario
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Miguel Hernández IV

Nanas de la cebolla

Mientras Miguel estaba encerrado en la cárcel, Josefina, su mujer, le envió una carta en la que le decía que no comían más que pan y cebolla. Este poema está dedicado a su hijo.


La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Publicado en  on Noviembre 25, 2009 at 7:33 pm Comentarios (2)
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Microrrelatos XII

Hoy os presento dos microrrelatos inéditos de Ana María Shua.

“Las dos mitades”

Charles Tripp, el hombre sin brazos, se ganaba la vida como carpintero antes de entrar en el circo. Eli Bowen, el acróbata sin piernas, tenía dos pequeños pies de diferente tamaño que nacían de sus caderas y era considerado el más buen mozo de los artistas. En una de sus actuaciones conjuntas Bowen conducía una bicicleta mientras Tripp pedaleaba. Los espectadores aplaudían como tontos, sin darse cuenta de todo lo que podríamos hacer si tuviéramos esa otra mitad de la que nada sabemos, la mitad que nos falta, la otra parte de estos cuerpos inacabados que sólo por ignorancia o por falta de imaginación, suponemos completos.
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“Palomas, mago”

El mago se saca palomas de la manga, las hace aparecer de la galera. Después de un corto revoloteo, las palomas se posan en el dedo del mago, que las traslada a su vez a una percha.
¿Por qué no se escapan volando? pregunta un niño. Porque les cortan las alas, explica el padre. Algunos magos les cortan las plumas de una sola de las alas y es suficiente para que no puedan volar. Otros, para evitar que el público se de cuenta, les cortan una pluma por medio de los dos lados. Durante la actuación, cuando la paloma abre sus alas, parecen completas, pero así mutiladas no le permiten sustentarse en el aire. También hay algunos pocos magos, muy hábiles, que logran adiestrarlas de modo que no escapen.
Cuando termina su número, mago y palomas se van a su carromato. Las palomas doblan al mago en cuatro y lo guardan en su caja.

(Fuente: La nave de los locos)

Publicado en  on Noviembre 24, 2009 at 3:47 pm Comentarios (2)
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A un lobizón divino

No podía dejar pasar la ocasión de mostraros uno de los sonetos de Madame Blavatsky. Esta escritora barcelonesa, de tan sólo 27 años, recopiló sus sonetos en un libro que se titula Muestrario de bárbaros y delicadas, y  en este blog podréis leer algunos de ellos. Aunque de momento no se le ha publicado el libro, estoy seguro de que algún día lo veremos en los escaparates de algunas librerías o en Casa del Libro.

Este primer soneto se lo dedica a los licántropos.

A un lobizón divino

Guifredo el Velloso era, a tu lado,

Lobo un imberbe de marca mayor

Pues no ha habido peludo, ¡ay, mi amor!

Con un talante menos rasurado.

 

Licántropo fiel, nunca estás helado,

Eres de vaho y despides calor,

Gran estufilla de humo y vapor,

Monstruo falaz, mi lobezno salado.

 

Hombre lobo hermoso, feliz me haces,

Con tu pestilencia y tu torso hirsuto

Diente amarillo y afiladas fauces,

 

Te amo, luna llena, abrazo enjuto,

Huelgo porque me mezas y me caces;

Tu aliento matutino es un esputo.

Publicado en  on Noviembre 22, 2009 at 3:58 pm Comentarios (2)
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Canción del pirata

Canción del pirata (José de Espronceda)

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de “¡barco viene!”
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá; en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Música: Tierra Santa

Publicado en  on Noviembre 21, 2009 at 10:40 am Dejar un comentario
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“Toco tu boca…”

Hace unos días una apreciada amiga me envió por correo eletrónico este fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar. Me gustó tanto que he decidido mostrarlo aquí para que lo disfrutéis.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Al final del correo me dejaba esta cita también de Rayuela:

“andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”

¡Gracias Beatrice!

Publicado en  on Noviembre 19, 2009 at 9:58 pm Comentarios (4)
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Miguel Hernández III

El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Publicado en  on Noviembre 16, 2009 at 7:50 pm Comentarios (1)
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Guerrero del arco iris

Es domingo, de noche, un poco de música. Mucho mejor si es reivindicativa. Este vídeo puede herir tu sensibilidad, y si no es así es que estás dormido o eres un monstruo.

Rata Blanca: “Guerrero del arco iris”

Publicado en  on Noviembre 15, 2009 at 8:36 pm Comentarios (1)
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